“Lo que aquí llamamos un Cisne Negro es un suceso con los tres atributos siguientes. En primer lugar, es un caso atípico, ya que se encuentra fuera del ámbito de las expectativas regulares, porque no hay nada en el pasado que puede apuntar de manera convincente a su posibilidad. En segundo lugar, conlleva a un impacto extremo. En tercer lugar, a pesar de su condición de rareza, la naturaleza humana nos hace inventar explicaciones de su presencia después de los hechos, por lo que es explicable y predecible.” Nicholas Taleb, “El cisne negro”, 2010

Cuando todos en la política y la economía mundial en los últimos meses habían ido “acomodando el cuerpo” para el nacimiento de un Cisne Blanco, es decir, para cuatro años de presidencia de Hillary Clinton en EEUU, el panorama cambió abruptamente el 11 de noviembre cuando el ganador de las elecciones fue Donald Trump, dejando a la mayoría descolocados y buscando explicaciones.

Así, los primeros análisis en el todo el mundo estuvieron cargados de sorpresa, incertidumbre… y una buena dosis de pesimismo. El discurso agresivo y en muchos casos políticamente incorrecto del candidato ganador hizo dudar de su seriedad a la hora de asumir el mando y puso a la defensiva a muchos grupos que se habían colocado “en la vereda de enfrente” y que pensaron que su futuro sería más complicado.

A medida que fueron pasando los días, con la mente más fría y habiendo escuchado ya en varias ocasiones a “Trump presidente”, los decibeles han bajado un poco y los temores, si bien no han podido disiparse por completo, han ido buscando una forma de racionalizarse (el análisis retrospectivo en busca de explicaciones, del que habla Taleb en su libro). Todos buscan alguna fórmula para poder concluir que “no va a ser tan malo” y que el escenario global no va a cambiar tanto, basando sus expectativas en el hecho de que un país como EEUU y el mundo en su conjunto son mucho menos maleables de lo que Trump plantea en su intenso discurso.

Quisiera por ello en esta nota desdramatizar el tema y verlo con una mayor dosis de tranquilidad. Esta mirada más calma se basa en que observando primero hacia adentro de EEUU y luego su relación con el resto del mundo, se puede concluir que las posibilidades de Trump de “hacer y deshacer a su antojo” son limitadas, cualquiera sea el tono de voz y las maneras con que exprese sus ideas.

Mirando hacia adentro del país, es sabido las instituciones estadounidenses funcionan con un poderoso sistema de pesos y contrapesos que actúa limitando los poderes de individuos y grupos. A diferencia de muchos países latinoamericanos, se observa que el Poder Judicial tiene un apreciable grado de independencia, el Congreso de la Nación se divide en republicanos y demócratas pero a su vez respeta una marcada pauta federalismo (con frecuencia los legisladores responden más a los designios de sus Estados que a los de su cuerpo partidario) y la Reserva Federal tiene independencia respecto del poder político para el diseño y ejercicio de la política monetaria. Estas instituciones fundamentales reducen el margen discrecional de maniobra de individuos o grupos pequeños que llegan al poder, marcando una gran diferencia con otros países de la Región en los que un Poder Ejecutivo fuerte, que haya conseguido el respaldo en las urnas, entiende por ello que puede “arrasar” con ellas si se lo propone.

Por otra parte, cuando se observa la relación de EEUU con el resto del mundo, debe tenerse presente que la economía mundial ha adquirido una complejidad, un grado de interdependencia y un balance de poder económico tal que no hay ningún país que la pueda moldear a su antojo ni que pueda imponer unilateralmente condiciones a los demás. Mucho menos un agente individual, aunque se trate del “hombre más poderoso del mundo”, puede acomodarla a sus deseos o torcer su rumbo arbitrariamente. El mundo ha cambiado en los últimos cincuenta años, Estados Unidos representa hoy menos de un cuarto del PIB global, sus exportaciones constituyen el 8,5% y sus importaciones el 13,5% del total mundial. Es claro que sigue siendo importante en el contexto global, pero lo es mucho menos que hace medio siglo, cuando una política keynesiana diseñada desde EEUU era capaz de incentivar la recuperación del mundo entero y sacarlo de una recesión, o cuando los excesivos gastos de una guerra podían “recalentar” la economía global y llevarla al terreno inflacionario. Lejos de eso, la recesión 2008-2009 demostró que las expansiones fiscales y monetarias de EEUU encuentran ya dificultades para movilizar su propia economía, como para aventurarse a pensar que puede obtener efectos del otro lado del océano atlántico (las pruebas están a la vista con Europa desde 2010 a la fecha).

Para ordenar las ideas que surgen de su discurso, si bien Trump expuso durante la campaña sus propuestas en forma un tanto caótica y desestructurada, el enfoque que se infiere de ellas puede sintetizarse en tres ejes:

  1. En el plano político una postura nacionalista (“EEUU para los estadounidenses”) con identificación expresa de algunos “adversarios” como ISIS, China y inmigrantes indocumentados latinoamericanos y musulmanes,
  2. En lo social una dura crítica al rol de los medios de comunicación y del sistema político imperante y fuerte recelo frente al flujo migratorio que busca trabajo en EEUU, con una visión de conservadurismo duro en temas delicados como el aborto y el matrimonio homosexual y
  3. en lo económico, proteccionismo selectivo (países con los que EEUU mantiene déficit comercial, productos manufacturados intensivos en mano de obra) y rasgos definidos de populismo (reducción de impuestos, aumentos de salarios y creación de empleo sin especificar claramente con qué instrumentos y políticas).

Ante esta postura proteccionista, por la cual Trump desea inducir a los consumidores estadounidenses a que compren en su país y a las empresas a que se localicen en su territorio y contraten mano de obra nacional, ¿quiénes deberían estar más preocupados? La respuesta simple es: aquellos países que hoy más le venden productos a EEUU y que le venderán menos en el futuro a una economía “más cerrada”.

CISNE GRAFICO 1
El gráfico 1 muestra que estos países son China, Canadá y México y en menor medida Japón y Alemania.

Del gráfico surge que, además de México las naciones latinoamericanas no figuran entre los principales vendedores: Venezuela y Brasil sólo representan algo más del 1% de las compras estadounidenses, las demás se encuentran por debajo de ese porcentaje.

Sin embargo este análisis no es completo y es por eso que los países latinoamericanos han quedado preocupados con la llegada de la postura proteccionista al poder: porque su dependencia económica de EEUU es mayor y, en muchos casos, es casi definitiva.  Para observar esta situación es necesario analizar si las compras de EEUU a un país latinoamericano son importantes para ese país (dentro de sus exportaciones totales) más allá de que lo sean o no para EEUU. Esto puede visualizarse en el Gráfico 2, donde se observa que esto no es igual para todos los países de la Región: se pone en evidencia que la preocupación es más lícita en México, muchos de los países de la región centroamericana, Ecuador y Venezuela. En el primer caso porque EEUU constituye un socio comercial casi excluyente, en el segundo porque al fuerte vínculo comercial se une el importante flujo de remesas (pagos a centroamericanos que trabajan en EEUU) y en los dos últimos porque constituye el principal comprador de su petróleo. En los demás, la dependencia comercial existe pero es menor y las remesas son de escasa magnitud en las cuentas externas, lo que implica que se preocupan menos si “EEUU les deja de comprar”.

CISNE GRAFICO 2

Es por ello que desde mi punto de vista es necesario “moderar nuestro pesimismo”. Existirán momentos de incertidumbre y volatilidad financiera al comienzo, pero la economía mundial muestra hoy un “poder fragmentado” que pasa a ser una fortaleza. Desarmar tratados comerciales internacionales, retirarse de acuerdos de cambio climáticos firmados a nivel mundial o colocar tasas de protección arancelaria en forma indiscriminada a países del tamaño de China, no son decisiones que puede tomar Donald Trump unilateralmente, requieren mayorías especiales en el Congreso con las que no cuenta.  Ha ganado, pero no tiene la suma del poder ni en EEUU ni en el mundo. Trump no es un novato en el quehacer económico norteamericano ni global y también lo sabe.

 

Acerca del Autor

Autor

Alejandro Trapé

Economía

Economista, Director del Instituto de Competitividad de ADEN. Máster en Economía y Políticas Públicas (Inst. Torcuato Di Tella, Arg). Licenciado en Economía (U.N. Cuyo, Arg). Consultor senior.